Había sido una noche interesante: había averiguado que Dania sabía más de mi de lo que me esperaba, aunque no había temor en sus palabras. Por ello deduje que no sabía lo más importante. Había visto algunos de sus miedos, algunas de sus ilusiones, y, sobretodo, su sangre fría. Me atacaron a mitad de la noche, pero cuando hube matado a esa cosa que intentaba parecerse a mi, Dania no estaba asombrada, ni ... Tal vez en ese momento si me hubiese tenido miedo, pero nada más. Pero a pesar de todo, lo que más me sorprendió es que parecía no tener ningún punto débil en su mente más que la lógica: cuando la lógica le fallaba, se desequilibraba, pero se recuperaba rápidamente.
Ese día pensaba ir hasta su casa para hablar con Ezekiel, así que hablar con ella no sería demasiado problema. Empezaba a ser un poco inquietante pensar que apenas si sabía que tipo de persona era Ezekiel; cuanto menos su hija.
El portal, una vez más, me impedía la entrada. Recuerdo perfectamente lo que pasó, porque no me lo esperaba: apoyé las manos sobre el portal para impulsarme hacia arriba y poder saltarlo, cuando una potente descarga eléctrica me repelió, y acabé de espaldas al suelo, con el cuerpo completamente entumecido. No estoy muy seguro de cuanto tiempo pasé allí tendido, pero no demasiado. Me dolía la cabeza a horrores, y los músculos no me respondían tan bien como antes, pero me estaba recuperando rápidamente. Sin embargo, tenía un problema: ¿cómo entrar?
La respuesta llegó en forma de mujer: Pelo largo y castaño, ojos de un azul oscuro y profundo, cara aniñada, y una sonrisa algo forzada: esa fue la primera vez que vi a Lilyth.
Venía desde algún lugar de la ciudad, andando. No se la veía cansada, así que deduje que no venía de muy lejos.
-Lo has debido de pasar mal. Siempre le digo a mi marido que no nos hace falta una verja electrificada, pero ya ves el caso que me hace.
Abrí mucho los ojos. Estaba hablando conmigo como si no acabase de intentar entrar en su casa sin su permiso. ¡Y ella lo sabía!
-¿Sabes? La gente suele intentar probar primero con el timbre, y así no hay descarga. De hecho, nunca le había pasado esto a nadie. Pero no te culpo. Pobre...
O era muy buena actriz, o realmente sentía lástima por mi.
-Esto... ¿Nos conocemos o algo?
-Sí, claro. Tú eres un allanador y yo soy la dueña de la casa que has intentado allanar.
Claro...
-Esto... Lo siento mucho.
-Nah, no lo sientas. Es lo normal cuando sospechas que si llamas al timbre te abrirán el pecho a balazos.
-¿Qué?
-Oh, ¿no lo sabías? Desde que Dania nos comentó que rondabas por la ciudad y que habías estado ayer en la fiesta, mi marido no ha dejado de dar vueltas por la entrada de la casa con una escopeta de caza en la mano. Supongo que acabará haciendo un agujero en el suelo de tantas vueltas que da.
Esa conversación era surrealista.
-Así que Dania os ha hablado de mi.
-¿Te deja llamarla Dania? Vaya, que sorpresa.
-No, la verdad es que no creo que me deje.
-Pues entonces no deberías usar ese nombre.
-Lo siento.
-¿Otra vez? O dejas de sentirlo o no te quedarán sentidos.
Si eso era un chiste es algo que aún hoy no tengo muy claro.
-Lo tendré en cuenta.
-Bueno, vamos, pasa. No nos vamos a quedar aquí charlando todo lo que queda de mañana.
-No se yo si...
-Tranquilo, Ezekiel nunca me dispararía... A no ser que le hayas hecho algo a Dania... En ese caso, si no le queda otro remedio, me dispararía para matarte...
-¿Algo? ¿Algo como qué?
Estábamos caminando por un camino que discurría por el jardín amplio pero sencillo que rodeaba el edificio, hacia la entrada principal de la casa.
-No se... Algo como cogerla de la mano, besarla... Ya sabes, algo.
No sabía si bailar con Dania contaba como algo... Solo deseaba que no... Aunque claro, siendo quien era; ¿de qué tenía miedo exactamente?
No había cerradura en la puerta. Simplemente Lilyth apoyó la mano sobre el pomo, y sonó algo así como un pestillo moviéndose.
-Esta es la casa que estabas intentando allanar cuando llegué. Claro, que lo ibas a tener difícil, porque dejar todo esto llano...
Empezaba a ser ridículo. Me costaba seguir sus malditos juegos de palabras.
Empujó la puerta y vi un recibidor más bien sencillo: un pequeño cubículo con una simple mesita y un perchero de pie. Tal vez, detrás de la puerta que estaba cruzando hubiese un paragüero. El techo era alto, casi tanto como las dos plantas, pero solo en esa sala. En todas las demás era un techo de altura media. La mayoría tenían lámparas de tres luces bastante elementales... Describir la casa entera me llevaría unas cuantas horas y una capacidad para usar sinónimos de sencillo que no tiene nadie, así que la definiré simplemente como una casa sencilla, con sus adornos por aquí y por allí, pero sin grandes revuelos o complicaciones.
-¿Y a qué has venido?
-Quería hablar con Ezekiel.
-Pues creo que lo vas a tener difícil. Lo de la escopeta era una broma, pero si que es verdad que si te ve querría dispararte.
-No se preocupe.
-Ala... No me tratan de usted desde que fui a un restaurante hace dos meses, por mi cumpleaños. Llámame Lilyth.
-Está bien, Lilyth. Entonces, ¿qué me recomienda hacer para que no vaya de verdad a por la escopeta?
-Bueno, una buena idea sería ir tú primero a por ella, así no podría cogerla... Pero lo vas a tener difícil, porque en esta casa no hay escopetas. De hecho el único arma que hay es el portal.
Me quedé pensando durante unos momentos: eso quería decir que debía haber otro tipo de seguridad, pues con un poco de maña no me habría costado saltar el portal.
-Bueno, creo que iré a verle entonces.
-Vale, como quieras. Ya iré a tu entierro.
-¿Pero no acaba de decir qué...?
-Sí, pero a Ezekiel no le hace falta un arma para matarte.
Cada vez me costaba más seguirla.
-Bueno, creo que correré el riesgo.
Lilyth me señaló la parte de arriba, a la que se accedía por unas escaleras muy amplias. Cuando puse el pie sobre el primer escalón, dijo:
-Una cosa más, Duen. Como le hayas hecho algo a Dania y sobrevivas a hoy, seré yo quien te mate, y te juro que no será agradable.
Me giré en redondo. Seguía con esa sonrisa, que ya no podía asegurar que fuese forzada. De hecho era probable que fuese lo más sincero en ella. Sin embargo había algo que me provocó un escalofrío. Si mal no recuerdo, fue la primera vez que temí realmente por mi vida.
El piso superior era realmente complicado, pero no en las formas, si no en la estructura: parecía un laberinto. Me perdí dos veces. La primera vez había conseguido volver a las escaleras y volver a empezar. La segunda no tuve esa suerte, si no que me encontré con Dania saliendo de una de las habitaciones. Me miró frunciendo el ceño.
-Así que fuiste tú el listo que hizo saltar la alarma.
Que directa.
-Sí, eso creo. Lo siento.
Tenía el pelo revuelto, ojeras, y una cara somnolienta. Pero por algún motivo esa imagen no concordaba con su voz, que simplemente era normal.
-¿Lo sientes? Eres tú el que ha sufrido una descarga eléctrica. ¿O es que te ha afectado a la cabeza?
-Bueno, parece que no has dormido demasiado bien, y es posible que la alarma que has citado te haya despertado, así que...
-Ah, eso. No, la verdad es que no ha sido por lo de la alarma... No he dormido apenas. Y es extraño que me afecte tanto, ya que no es la primera vez. Por cierto, ¿qué haces aquí?
-He venido a ver a tu padre.
De repente su expresión cambió. Parecía que había algo que la divertía en esa revelación.
-Allá tú. Gira por ese pasillo a la derecha, la segunda puerta a la izquierda. Es su estudio. Suele estar allí cuando necesita pensar.
Di dos pequeños golpes a la puerta, temiendo que no hacerlo supusiese otra descarga eléctrica. Como no hubo respuesta, la empujé ligeramente y asomé la cabeza. No solo no me lo esperaba, si no que tampoco me habría dado tiempo a esquivarla: un pisapapeles en forma de bola de cristal se dirigía hacia a mi a toda velocidad, y se desintegró casi al instante de entrar en contacto con la capa de vacío. Claro que las pequeñas partículas de vidrio siguieron su curso, y algunas me entraron en los ojos.
-Joder. ¿A qué viene eso?
Los ojos me lloraban, y era incapaz de abrirlos. Por eso no pude evitar que Ezekiel me agarrase del cuello y me empujase contra la pared del pasillo. Fue entonces cuando decidí que no quería morir allí, y menos después de haber luchado tanto para sobrevivir tanto tiempo.
Sin abrir los ojos, guiándome por mis otros sentidos, di una patada al aire, ligeramente a la derecha. Había dado en mi objetivo, y la mano que me sujetaba del cuello y que me había dificultado la respiración durante casi diez segundos me soltó. Sin embargo, al tocar el suelo, mis piernas fallaron, y caí de rodillas.
Déjamelo a mi
-¡No!
Ezekiel no se inmutó por mi grito. Sentí como me tiraba del pelo al tiempo que, por fin, empezaba a ver si abría los ojos, aunque todo a través de una cortina de lágrimas. El tirón me había empujado contra la pared una vez más, y se disponía a darme un puñetazo en la cara. Apenas si pude interceptarlo con mi mano izquierda... Era rápido.
Tan rápido que no vi venir su pierna, que me golpeó en las rodillas, y caí de espaldas al suelo, golpeándome la cabeza contra la pared.
Voy a ir yo
-Cariño, ¿qué le haces a nuestro invitado?
Ezekiel paró de golpe, y la presencia en mi cabeza se apartó de forma momentánea, preparada para volver a aparecer si era preciso.
-¿Invitado?
-Ha venido por propia voluntad. Tal vez tenga algo que decir.
Me sequé los ojos como pude, y vi la expresión contrariada de Ezekiel. Parecía no acabar de entender algo.
-Lilyth, si acabo con él ahora...
-Nunca sabrás qué ha venido a hacer.
Lilyth se acercó a mi completamente decidida. Se puso de cuclillas al tiempo que yo intentaba incorporarme, sin embargo, mis piernas no respondían demasiado bien, así que tuve que conformarme con sentarme utilizando la pared a modo de respaldo. La puerta del despacho de Ezekiel seguía abierta, aunque dejó de estarlo cuando él volvió a entrar. Hasta ese momento no había visto los guantes negros que llevaba, y que me hicieron entender algunas cosas.
Con un paño húmedo, Lilyth me frotó los párpados, probablemente intentando limpiar alguna de las heridas que habían provocado los diminutos cristales.
-Abre los ojos. Quiero ver si tienes alguna herida más seria de lo que parece.
Le hice caso, al tiempo que mi cabeza empezaba a darle vueltas a una idea: ¿Por qué semejante recibimiento de Ezekiel después de cómo me había tratado su familia?
-Parece que están bien. Has tenido suerte. De hecho, si alguno de los cristales hubiese perforado el ojo y llegado al nervio, podrías haberte quedado ciego.
-Estoy diseñado para que eso no pase.
Soltó un suspiro, como quien no consigue que un niño entre en razón, y dejó de limpiarme las heridas. Al parecer venía preparada, pues tenía una pequeña bolsa consigo. Después de envolverla con el trapo, ya bastante sucio, apoyó la bolsa contra la parte posterior de mi cabeza.
-Está helada.
Había conseguido a duras penas no pegar un brinco.
-Claro que está frío. Es hielo, para que no te salga un chichón.
La idea me parecía ridícula, pero no lo dije ya que, cuando apretó un poco más fuerte, un dolor punzante me indicó que probablemente no se equivocase respecto a mi cabeza.
-No te preocupes. Lo más que tienes es un corte aquí, que no tiene muy buena pinta. Tal vez deje cicatriz, pero poca cosa.
Me llevé la mano derecha al pómulo, justo debajo de mi ojo derecho. Hasta ese momento no había sido consciente de que me escocía mucho. De hecho, al palpar, noté un corte que llegaba desde donde comenzaba la cuenca ocular hasta el medio de la mejilla, aunque no era demasiado profundo. Me alegraba de que no lo fuera, o tal vez me hubiese perforado la mejilla completamente.
-Vaya, así que mamá te ha salvado.
Dania me miraba. Parecía mucho más despejada que la última vez, aunque seguía despeinada y con su pijama. No dijo nada más, si no que simplemente entró en el estudio de Ezekiel.
-Lo sabíais. Sabíais que intentaría matarme.
-Te lo dije. Y seguro que Dania también, pero tú preferiste pensar que era una broma.
-Supuse que se parecería algo más a Paul.
-Pues te has equivocado. Cuando se trata de sentimientos, Ezekiel es muy impulsivo.
Me llevé la mano al cuello, algo dolorido, y con la otra sujeté la muñeca de Lilyth que seguía aguantando la bolsa sobre mi cabeza.
-Gracias, pero creo que ya me las apaño yo.
Apartó su mano de mi, y la bolsa cayó rápidamente al suelo. Sin contemplaciones.
-Como quieras. No entres hasta que haya salido Dania. Entonces, si sigues queriendo hablar con él, puede que te escuche.
-Vaya... No hay garantías.
-Nunca hay garantías de nada. Piensa que yo tampoco tenía garantías de que no vinieses a matarnos cuando te dejé entrar en casa.
Lilyth se levantó y, cuando iba a girar la esquina del pasillo, recordé algo.
-¡Lilyth! Si no llegas a venir, habría matado a Ezekiel.
Dio un paso atrás, y me miró fijamente a los ojos.
-Lo sé. Si no no habría venido. Pero mi hija tiene otros planes, tal vez mejores de los que se nos habrían ocurrido de otra forma. Aprovecha la oportunidad que te va a dar.
Dicho esto, siguió su camino. Sin embargo, me había dado la impresión de que... Me acerqué a la esquina y vi la sala que se abría ante mi: el mismo lugar por el que subían las escaleras.
-Bienvenido, Duen. La verdad es que no me arrepiento de lo que hice antes, pero espero que no me lo tengas en cuenta.
Ezekiel no se había quitado los guantes. Su parecido con Paul me inquietó. Era como estar otra vez frente a él. Su estudio era un simple escritorio con una silla a cada lado, un ordenador, y estanterías llenas de libros rodeaban la estancia. Me dio la impresión de estar en un despacho.
-Sí, claro- respondí sarcástico.
-Te escucho.
Me hizo gracia ver que él tampoco había salido indemne: tenía un moratón en el ojo derecho a causa de mi patada a ciegas.
-He venido por Paul, pero creo que me equivoqué. Me dijo que te pidiese ayuda, pero antes de poder llegar a pedírtela, casi muero.
-¿Y no sabes por qué?
-Porque tienes miedo de que haga daño a tu hija. Me lo han confirmado un par de personas.
-No. Porque has destruido más de diez centros de ciudad en lo que llevas de fugitivo. Y las periferias no han quedado mucho mejor. Eres peor que un terremoto.
-¡Eso es falso! Yo solo me cargué dos. Las otras fueron ellos, y esas dos fue porque ellos consiguieron sacar a mi otro yo...
No estaba seguro de saber lo que estaba intentando decir.
-Déjame hablar con él.
Abrí los ojos de forma bastante evidente.
-Estás loco. Si lo dejo campar a sus anchas, te matará. ¿No viste lo que ocurrió en el laboratorio?
-¿Quieres que te ayude?
No sé como, pero estaba viéndolo todo como un espectador: yo ahí, delante de mi, con el frágil cuello de Ezekiel en mi mano. Solo tenía que apretar un poco, y su cuerpo sin vida caería al suelo como el plomo de una caña al fondo del mar.
-...dominarlo, dejaré que mi hija te ayude.
Eso me hizo entender que había pasado ya un tiempo desde que había dejado a mi otro yo dominar mi cuerpo. No entendía qué quería decir...
-Bloquéalo.
Cada vez le quedaba menos aire en los pulmones, y debía de llevar ya un buen rato intentando hablar conmigo.
Y de repente, lo entendí.
Suéltalo
-No.
Eso era. Había intentado hablar, pero mi voz no había salido, si no que había retumbado en mi cabeza como una idea.
Apenas si vi el sutil movimiento de las manos de Ezekiel.
Hazlo. Yo tengo más control que tú. Yo controlo el cuerpo. Tú no tienes capacidad
-Déjame en paz. Si lo mato, ya solo me quedará un paso para matarla a ella, y entonces todo acabará. Estaremos seguros.
Nunca había tenido una sensación similar. Las ideas que había en mi propia cabeza se me escurrían, y no era capaz de encontrarles el sentido. Sobretodo la idea de ella. Era como intentar entender qué era lo que pensabas sin que tu lo hubieses pensado... era un caos completo.
-No me importa.
Abrí la mano, de la que volvía a ser dueño.
No lo hagas. Si lo dejas, él supondrá nuestra muerte
-Muy bien- oí.
Ezekiel estaba sobre el suelo, de rodillas, cansado por el esfuerzo, y me miraba algo asombrado. Sin embargo me sorprendí yo más al ver un cuchillo en su mano... Algo me hizo pensar que habría sido yo el que habría muerto de no haberlo conseguido.
-Por un momento pensé que no funcionaría.
Se levantó despacio, con cuidado. Yo todavía no había dicho nada. Se sentó tras su escritorio, abrió un cajón y sacó algo de él.
-No estoy seguro de que deba hacerlo, pero ella me lo ha pedido. Toma.
Tendió la mano con una caja de metal: un pequeño maletín. Dentro, adecuadamente protegidas, tres jeringuillas con una substancia viscosa en el interior. Una estaba vacía.
-¿Qué es eso?
-Es lo que se usa en los psiquiátricos para tratar con enfermos de múltiple personalidad, aunque ligeramente modificado para ser compatible contigo. Lo tenía preparado por si las moscas. Tendré más para cuando te hagan falta. Tienes suerte de que la medicina mejore día a día.
-No me gusta la idea. Prefiero seguir siendo yo, y no que una hormona ande trastornándome.
-Pero...
-No. Yo he venido aquí para pedirte ayuda de otro tipo. Quiero librarme de quienes me persiguen para siempre, y para eso necesito saber quienes son.
-Entonces has venido al lugar adecuado. Pero no dejaré que vayas con Dania a ninguna parte si no te llevas una de estas.
-¿Qué te hace pensar que quiero que Dania venga?
-¿Qué te hace pensar que tienes alguna posibilidad de triunfar sin ella?
Ella...













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